Estamos en pleno debate sobre el aborto en el mundo. Cuando empezó la legalización, allá por los años setenta en EE.UU. no se tenían los datos científicos que existen ahora sobre la concepción del embrión humano. Sabemos que desde el momento de su concepción es un ser humano único e insustituible y eso es algo comprobable genéticamente. Por tanto, su destrucción supone la muerte de un ser humano. Da lo mismo si contaba con semanas, meses o años de vida. Sigue siendo la misma persona desde el primer momento hasta el último de su vida. ¿Quién somos nosotros para decidir quién merece vivir y quién no?.
La madre no es más que una portadora temporal de otra vida humana, la cual puede dar en adopción si lo desea y existen listas interminables de demandantes incluso a nivel internacional. El padre ha aportado el cincuenta por ciento de los genes y por tanto también tendría que tener parte en la vida de ese nuevo ser y por supuesto en la decisión de dejarle vivir. Incluso a otros parientes como abuelos o tíos les incumbe también la existencia de alguien más en la familia. No se puede considerar de ningún modo un derecho la posibilidad de acabar con la vida de una persona aunque esté en tus manos. La primera perjudicada de este proceso es la propia madre.